La palabra “cultura” procede del
latín cultus, que significa en
realidad “cultivo”. Describe el proceso por el que un cachorro de homo sapiens (o sea, un animal) es socializado,
esto es, convertido de facto en un
ser humano, capaz de desenvolverse en un entorno social, desarrollar sus
capacidades e interaccionar con otros. Así pues, es la transformación de un
individuo de la especie humana en una persona
(dos conceptos que suelen confundirse). Se trata de un conjunto de
condicionamientos, en un primer momento, que deben después dejar paso a un
aprendizaje simbólico y conceptual. Vertebrando todo el proceso se encuentra el
lenguaje, soporte de todo aprendizaje –salvo ciertas respuestas gestuales,
motrices y anímicas extremadamente básicas– y configurador, de hecho, de las
estructuras cerebrales que definirán a la persona; su “sistema operativo”,
podría decirse. La cultura no debe confundirse con la sociedad: sociedad, con
distinción de tareas y jerarquías, la tienen muchos animales, pero cultura –en
un sentido estricto, al menos, porque se habla de “preculturas” animales como las de los primates– sólo el hombre. Es el
conjunto de lo aprendido (conceptos, valores, cánones estéticos, creencias,
gustos, tonalidades emocionales, etc.), a partir, como se ha dicho, de un
lenguaje con universalidad semántica que permite construir un número infinito
de mensajes. Constituye un mundo
artificial dentro de la naturaleza, en constante interacción con ella, sí, pero
tan sólo en sus “fronteras”, en su superficie exterior (mientras que en su
interior encierra un espacio cada vez más aislado de aquélla). El ser humano,
debido a lo biológicamente prematuro de su parto, tiene que aprender a hacer todo
–dado lo desvalido y carente de instintos que nace–, pero a cambio de eso tiene
el extraordinario don de poder aprender a
hacer todo, al menos potencialmente.
Aquí entra en juego una
importante distinción entre dos acepciones del término “cultura” que a menudo
se confunden. Por un lado está el sentido antropológico, esto es, cuando
decimos de alguien que “pertenece a una cultura”. En este sentido sería
sinónimo de civilización, y todo ser
humano, en principio, pertenece a una, es
tenido por una cultura, que definirá sus patrones cognitivos, emocionales,
sus gustos, etc. Por otro lado está el sentido humanístico de la cultura, lo
que Cicerón denominó cultura animi
(“cultivo del alma”), esto es, el aprendizaje del que un individuo es dotado
más allá de lo estrictamente necesario para pertenecer a la sociedad. En este
segundo sentido se dice que se tiene
una cultura. Mientras que en el primero basta con saber hablar (normalmente no hace falta
ni escribir) y realizar funciones de escasa cualificación –es un club poco selecto–, en este último hay que desarrollar capacidades
intelectuales y estéticas (el gusto) por encima de ese nivel de base. No se
dice de nadie que sea “culto” por pertenecer a una cultura;
sólo se dice de aquellos que, con esfuerzo
(y naturalmente, porque han tenido acceso a ella, lo cual ya es otra cuestión),
la han adquirido.
¿Y a qué viene todo esto? Pues
viene por el tema de la “cultura” en España. No ya de la cultura media del
español, que deja mucho que desear, sino de ese epítome de la misma que, al
parecer, es el cine español. Un sector de nuestra cultura, en el sentido
antropológico, que tiende a identificarse a sí mismo con la cultura en el
segundo sentido, el de la cultura animi
(con los matices de “elevación” que ello comporta, y consecuentemente de “moralidad”,
según una asociación que es ya tradicional). Un sector que vive en
una situación de constante precariedad –pero, ¿cuál no?–: sus miembros se
quejan continuamente de no recibir las ayudas públicas que, en cuanto
“productores de cultura”, necesitan para poder hacer su trabajo. De ahí su
siempre frágil situación ante la competencia arrolladora de la industria
estadounidense, y también en menor medida de la francesa y la británica. Al
parecer, el no recibir ayudas suficientes hace peligrar la producción de dicha
“cultura nacional”; una situación de dependencia que necesita las aportaciones
que el gobierno de turno quiera hacer para que siga siendo igual de
dependiente. Esto que voy a decir choca con el discurso que se supone que debe
defender alguien de izquierdas en España, pero es que la izquierda española,
según creo, anda muy desencaminada en este tema (como en muchos otros, y
precisamente en esa frontera difícil de fijar donde se confunde ser de
izquierdas con ser “un progre”). A alguno mis argumentos le sonarán a
liberales, y nada más lejos de mi intención, como sabe cualquiera que me lea,
así que espero explicarme bien. Me gustaría vivir en una sociedad en la que la res publica brindara todos los servicios
y bienes esenciales a la ciudadanía, entre ellos los culturales, por supuesto.
Pero incluso en ese hipotético escenario, ello sólo sería posible porque dichos bienes culturales tendrían un
receptor, que es lo que aquí parece fallar. Lo público no está para ofrecer
algo que, en general, no tiene demanda ni es un servicio o un derecho básico. Y
la cuestión es, entonces: ¿es el cine un
servicio público o un derecho básico?
Se trata de un sector fuertemente
subvencionado para hacer películas que en general tienen escaso público.
Porque, si lo tuvieran, ¿para qué necesitarían ser subvencionadas? Pero, dado
que el cine es una industria –pues
tiene ánimo de lucro–, debe encontrar un público que quiera su producto. Es
comprensible que se subvencione una industria cuando echa a andar, pero no
puede haber un modelo de negocio que se base en estarlo siempre como su estado normal. Si no se puede vivir de
hacer una película al año, o cada dos, o lo que sea, quizá el negocio no es viable. Ningún trabajador –subrayo lo de trabajador– puede vivir de trabajar tres o cuatro meses al año, y
no se plantea siquiera que el Estado deba costearle la vida el resto del tiempo
(si alguien piensa ahora en el tema de las peonadas del campo, le diría que es
un problema totalmente diferente,
digno de hablar de él en otra ocasión; téngase en cuenta tan sólo que alguien se come esa producción). Estoy a
favor de subvencionar la cultura, cómo no, pero no un negocio privado y deficitario.
Además, su calidad media es lamentable –como la del cine estadounidense, pero
éste no está subvencionado–. Adonde quiero ir a parar es que la industria del ocio, de por sí, no es
cultura, y de hecho, cuando han caído las subvenciones, como en estos
últimos años, su calidad y su éxito se han incrementado notablemente. Valgan
como ejemplo cintas como Lo imposible,
No habrá paz para los malvados, La Isla Mínima, Ocho apellidos vascos o El
niño, que no sólo han sido taquillazos, sino que han abierto nuevas vetas
temáticas a explotar. Pero ahora que el gobierno, de forma totalmente
populista, aprovecha una supuesta mejoría económica para incrementar las ayudas
al cine, se advierte que éste quiere volver a lo fácil. Películas con un diseño
de producción cutre, guiones manidos, chistes fáciles que dan vergüenza ajena,
temas agotados. Ya se están viendo algunas de los que hace nada se lo curraban más; parecen creer que después de un éxito se pueden echar a dormir.
La pregunta que yo me hago es:
si la cultura merece subvenciones, ¿por qué no se subvenciona todo? ¿Por qué no se subvenciona a los
escritores para que puedan dedicarse a escribir, aunque luego no vendan libros?
¿Por qué no me sufraga a mí el Estado, o mi Autonomía, la tirada de un libro de
filosofía? Así no tendría que dedicarme a trabajar como profesor, y podría entregarme
de lleno a ser un “intelectual”. ¿Tengo menos derecho? ¿Es que la filosofía no
es “cultura”? La cultura, por enlazar con lo que decía al principio, es lo que te hace más culto. No se me
ocurre definición más operacional. La cultura incrementa la distancia crítica
con respecto al mundo, proporciona conocimiento, estimula el gusto (la
capacidad para captar más matices en cualquier situación). Nos hace pensar. Las
típicas comedias bragueteras no son cultura. Seguramente la inmensa mayoría de
los libros tampoco; pero entonces no entiendo por qué algunos deben tener
privilegios por haberse dedicado a un oficio que no da trabajo porque
no tiene demanda social, de modo que tiene que haber subvenciones para poder
dedicarse a él. ¿Por qué no se hace lo mismo con quien se dedica a estudiar
historia del arte, por ejemplo, que por lo demás sí es algo a lo que
inequívocamente cabe llamar “cultura”? ¿Quién te subvenciona para que trabajes
leyendo, visitando ciudades y museos, escribiendo textos historiográficos o
reflexiones estéticas? No soy partidario en absoluto (¡todo lo contrario!) de
considerar que el mercado legitime la existencia de algo, o que defina lo
“bueno” o “malo” que es en función de cuánto venda –entonces Enrique
Iglesias sería un gran músico–, pero
no entiendo las excepciones que se hacen con algunos, salvo que se deban a
motivos políticos.
Y lo mismo pasa con el deporte,
los circenses de nuestro tiempo, que
de cultura no tiene absolutamente nada
(pero suele adscribirse al Ministerio de Cultura, lo cual ya es muy elocuente).
El deporte lo es para el que lo practica, pero para el que lo sigue por los
medios de comunicación sólo es un espectáculo.
Punto. Nada más. Ya dediqué unas notas
a lo nocivo que resulta que los héroes de hoy en día sean los deportistas, que
una sociedad los considere el modelo a seguir. No insistiré en ello ahora. Pero
hilando con lo anterior, me hace gracia que haya gente que se escandalice
porque no se da eco en los medios a los éxitos de nuestros deportistas en deportes que nadie –ni, por lo general,
los que se escandalizan– sigue. ¿Y por qué les iban a dar el eco que le dan
al fútbol? (Detesto el fútbol.) El deporte-espectáculo no produce ningún logro
social objetivo. Únicamente es un negocio. Y si se trata de un negocio que vende muy poco,
¿para qué hablar de él? ¿Por sus aportaciones culturales? ¿Cuáles? ¿Es que los
medios hablan diariamente del trabajo de los médicos, ingenieros o científicos
que nos facilitan la vida? No, y de hecho éstos no son héroes (más que nada porque se han pasado muchos años
estudiando, y eso no excita a la masa). Pero ellos, que en muchos casos están
teniendo que emigrar, sí construyen futuro –el que se llevan consigo a otros
países– y aportan muchísimo a la cultura. Lo que ocurre es que este concepto se
ha dado tanto de sí y se ha vaciado tanto que ya todo entra en él, confuso y
revuelto, en la medida en que se mezclan el sentido antropológico, el
humanístico, el simple negocio y el más puro capricho burgués: el fútbol, los
toros (¡por supuesto!), la ridícula gastronomía artificial creada por los
restauradores-estrellas del rock, etc.
No me parecería mal (porque no soy un liberal) que se dijera
que hay que proteger la industria cinematográfica nacional de la
estadounidense. Pero su autoproclamación como “nosotros, la Cultura” me resulta
cansina, cuando no irritante, teniendo en cuenta lo que la mayoría de ellos ha
aportado a la cultura. Ahí precisamente está la cuestión que he intentado
perfilar en estas páginas: se puede
subvencionar determinada industria, y se debe
subvencionar la cultura. Pero que esa industria del entretenimiento –generalmente
de muy baja calidad– no se arrogue ser la Cultura, porque nadie le ha otorgado
ese título. Si a un genuino escritor e intelectual como –cito el primero que me
viene a la cabeza– Juan Marsé su editorial le paga porque vende novelas, pero no el Estado o su Autonomía para que las escriba,
no creo que el cine tenga que ser diferente. Creo que esta práctica va contra
un cierto proceso de “selección natural” (¡lluvia de críticas por emplear esta
expresión!) dentro de lo cultural que rebaja su nivel, lo homogeniza y
pueriliza, dado que no tiene que ser
bueno si ya está pagado a priori. La repetición de clichés y los mismos
chistes o referencias históricas de siempre sirven a la industria para hacer
películas con molde –también es el caso de muchos de nuestros más exitosos novelistas, protegidos por los tres grandes grupos editoriales, y cuyas
obras dan asco.
En realidad, llevando mi
argumentación un poco más al extremo, pienso que la industria del
entretenimiento y del ocio debe ser cubierta exclusivamente por el sector
privado. El sector público no está para
eso, no está para entretener. De ahí que, para sobrevivir, muchos
arribistas tengan que reivindicar el ser la Cultura para asegurarse el estatus del que disfrutan, y que los gobiernos los
protejan (más o menos, todos lo hacen) por su capacidad para hacer ruido. Y sobre
todo, me parece harto cuestionable que cierto colectivo, porque ha decidido dedicarse
a la interpretación (o a la dirección, o lo que sea), tenga un criterio
político al parecer más afinado que el de los demás, que merece ser escuchado especialmente. “El sector de la Cultura dice…”
La cultura no dice nada concreto sobre
ningún tema concreto. No es alguien que tenga una opinión. Es un acervo de
conocimiento. Las cosas las dice quien las dice, y habrá que ver su valía
individual, o su legitimidad como colectivo; pero esas identificaciones, que
hacen pasar a un Guillermo Toledo por un Rousseau, son ridículas.
Para terminar: si se compara el
cine con las artes en general, y se dice que el acceso de la ciudadanía a las
mismas ha de estar protegido –hasta ahí completamente de acuerdo–, dicha
comparación sólo se sostendría si se subvencionara al espectador para ir a ver la película. “Las películas españolas tienen descuentos, cubiertos por el Estado, porque hay que proteger la industria nacional”. Así el
público acudiría más a las salas a ver esas películas, éstas recaudarían más, y
los productores tendrían más dinero para rodar otras nuevas. Pero no al revés (patrocinar
la película que no va a ver casi nadie, precisamente
porque no va a recaudar), lo cual solamente lleva a un círculo vicioso. Además,
si la película se ha pagado, aunque sea en parte, con dinero público, ¿por qué
el ciudadano que ya ha contribuido a la producción
con sus impuestos no lo ve reflejado en el precio de la entrada?
El cine español está en su mejor
momento histórico, por lo que a la taquilla respecta. Espero que lo aproveche, encuentre financiación y ruede películas
con los mejores medios, pero sobre todo con buenas
ideas, que gusten al público y no
sólo a la gente del cine, que peca de un inmenso narcisismo. Pero mucho me
temo que, ante las próximas subvenciones ya prometidas, se vuelva a la fórmula
fácil y tonta que termina cansando al público, vaciando las salas, y
devolviendo a la industria a su situación habitual de dependencia.
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